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lunes, 30 de agosto de 2010

DESDE LA BIOLOGÍA... UNA VISIÓN SOBRE EL ORIGEN DEL SER HUMANO.





PARTE I Cuando se trata de responder a las dos preguntas principales: 1) ¿Qué pueden decir legítimamente las ciencias experimentales sobre el estatus del embrión? ; 2) ¿Qué dicen las ciencias experimentales sobre cuándo se inicia el ciclo vital de un individuo humano? , a menudo nos ...

PARTE I

Cuando se trata de responder a las dos preguntas principales: 1) ¿Qué pueden decir legítimamente las ciencias experimentales sobre el estatus del embrión? ; 2) ¿Qué dicen las ciencias experimentales sobre cuándo se inicia el ciclo vital de un individuo humano? , a menudo nos encontramos frente a dos obstáculos: información errónea o incompleta con respecto a la embriogénesis humana, e interpretaciones incorrectas de los datos derivados de la observación o experimentales.

El objetivo de esta sección es precisamente describir sintéticamente las etapas principales del proceso del desarrollo humano, particularmente en los 14 días después de la fecundación, en orden a facilitar la respuesta a estas preguntas.

La epigénesis del embrión

El cigoto o embrión unicelular


La «concepción» de un individuo humano es el punto final de un proceso complejo llamado proceso de fertilización [1] , cuyo curso «consta de sucesivas etapas en un orden obligado» [2] . En este proceso están implicadas dos células extraordinariamente dotadas y teleológicamente programadas: un óvulo y un espermatozoide. La cronología de este proceso múltiple se inicia inmediatamente cuando el espermatozoide se adhiere al compacto revestimiento extracelular del óvulo, la zona pelúcida [3] , a la cual se une estrechamente gracias a los receptores de espermatozoides presentes en la zona pelúcida --constituida principalmente por la glucoproteína ZP3y de las proteínas complementarias ligadas, que se encuentran en la membrana plasmática del espermatozoide. Aunque la naturaleza de los receptores complementarios localizados sobre la superficie del espermatozoide, que conllevan la ZP3, y de los eventos subsiguientes a la señal de transducción Sean todavía materia de estudio [4] , se sabe que, apenas ha sucedido el reconocimiento especie-específico entre los gametos, en el espermatozoide unido se completa la reacción acrosómica. La membrana acrosómica externa y la membrana del espermatoziode se funden en muchos puntos dando origen a pequeñas vesículas que segregan principalmente acrosina, una proteasa tripsino-dependiente. Esta enzima facilita la penetración del espermatozoide a través de la zona pelúcida disolviendo la matriz de la zona y favoreciendo el ligamen con otra proteína zonal, la ZP2, la cual, interactuando con la cabeza modificada del gameto masculino le ayuda a atravesar la zona a una velocidad aproximada de 1 micra por minuto. El primer espermatozoide que alcanza el débil espacio perivitelínico, situado entre la zona pelúcida y la membrana plasmática del oocito, puede ahora fundirse con esta última, dando inmediatamente empuje a la singamia, es decir, al englobamiento del espermatozoide en el oocito, bajo la fuerza impulsora de los microvillis y de las proteínas contráctiles -la actina y la miosinade la zona cortical. En el caso de la fecundación humana, en tal proceso están implicados también otros factores complementarios, entre los cuales destacan el CD46, el C3b y el C1q [5] .

A continuación de la fusión entre el esperma y el oocito, el segundo se vuelve extraordinariamente activo e inicia una cascada de eventos que culminan en el impulso del desarrollo embrionario. Prueba de esta activación son las variaciones de la composición iónica del oocito, debidas principalmente a un imprevisto y transitorio aumento de la concentración intracelular de los iones de calcio bajo la acción de la oscilina, una proteína descubierta recientemente que induce a la propagación de la «onda» iónica denominada «onda del calcio», que marca el inicio del desarrollo embrionario [6] .

Se ha formado una nueva célula: el cigoto o embrión unicelular. Esta nueva célula comienza a operar como un sistema único, un ser viviente ontológicamente unitario, esencialmente similar -si bien con alguna peculiaridad- a todas las otras células en fase mitótica. Una de las primeras actividades del nuevo sistema es la reacción cortical, que consiste en la secreción de enzimas hidrolíticas -como las proteasas, las peroxidasas y otros enzimas- por parte de las miríadas de gránulos corticales semejantes alas lisosomas y localizados en la zona periférica del oocito, que lleva a la inactivación de los receptores espermáticos de la zona pelúcida y al endurecimiento de la misma, impidiendo que inicie su propio ciclo vital. B.M. Shapiro, después de haber descrito la complejidad de las reacciones químicas que preparan este «microincubador» para el nuevo organismo durante su desarrollo precoz, hace observar que esta notable cápsula de fertilización es necesaria «para la protección al inicio del desarrollo, cuando se establecen los ejes embrionarios [...] El empuje del plano somático complexivo depende de la comunicación intercelular, y la cápsula de fertilización aísla los blastómeros de los influjos extraembrionarios»: en realidad «ella es fundamental para un desarrollo normal y constituye una elegante solución de la morfogénesis» [7] .

La reorganización del nuevo genoma, que representa el principal centro de información para el desarrollo del nuevo ser humano y para todas sus funciones ulteriores, es la más importante entre las muchas otras actividades de esta nueva célula. Sobre la base de datos muy recientes [8] , sabemos que entre tres y seis horas desde la incorporación del espermatozoide comienzan a organizarse los microtúbulos que se disponen como aureola y el oocito completa su meiosis II con la expulsión del segundo globo polar. Mientras los pronúcleos masculino y femenino siguen condensándose y se acercan el uno al otro, el DNA se duplica, los microtúbulos del pronúcleo masculino prosiguen su expansión hasta circunscribir entre ambos los dos pronúcleos que se acercan estrechamente el uno al otro: es la fase denominada de cariogamia, que se verifica en torno a las quince horas de la fecundación. En este punto el centro soma se divide y, a partir de los pronúcleos, se organiza una estructura bipolar de microtúbulos. Alrededor de una hora y media después, en la primera fase mitótica, los cromosomas masculinos y femeninos se condensan separadamente, mientras que en la estructura de los microtúbulos son visibles claramente los polos del primer huso mitótico. Los cromosomas se alinean en el ecuador del huso y se distribuyen de modo ordenado en el citoplasma que ha comenzado a dividirse, hasta que sean formadas, con el complemento de la citodiéresis, dos células, cada una dotada de una pareja del genoma entero, que permanecen unidas íntimamente formando el embrión de dos células.

La exposición de estos datos esenciales sobre la formación del cigoto y sobre el paso de embrión unicelular a embrión de dos células indica, con toda evidencia, que en la fusión de los gametos comienza a operar como una unidad una nueva célula humana, dotada de una nueva y exclusiva estructura informacional que constituye la base de su desarrollo posterior.

A fin de comprender mejor la auténtica naturaleza de esta nueva célula, hay que subrayar dos características, que aclaramos a continuación. La primera es que el cigoto existe y actúa desde la singamia como un ser ontológicamente unitario, y con una precisa identidad. La segunda es que el cigoto está intrínsecamente orientado y determinado hacia un desarrollo bien definido. Ambas características, identidad y orientación, son esencialmente consecuencia de la información genética de la que está dotado. Esta información -sustancialmente invariable-, en realidad, el fundamento de la pertenencia del cigoto a la especie humana y de su singularidad individual o identidad, y contiene un programa codificado completo, que le dota de enorme potencialidad morfogenética que se realizará autónoma y gradualmente durante el proceso epigenético rigurosamente orientado. Esta potencialidad no significa mera «posibilidad», sino que representa la capacidad natural intrínseca de un ser, que ya es existente, de realizar, en las debidas condiciones, el plano codificado entero.

Si la realidad se muestra así, al investigador de embriología le surge entonces la pregunta crucial: ¿Esta célula, el cigoto, representa también el punto exacto en el espacio y en el tiempo en el que un nuevo organismo individual humano inicia su propio ciclo vital? Para responder a esta cuestión es indispensable el análisis del proceso epigenético que parte de esta célula. Para nuestro objetivo, hay que distinguir entre tres períodos: (1) del cigoto al blastocisto; (2) del blastocisto al disco embrionario; y (3) del disco embrionario al feto.

Del cigoto al blastocisto

En un período aproximado de cinco días se da una rápida multiplicación celular bajo el control de un gran número de genes implicados en muchos aspectos del ciclo mitótico [9] , desde la producción de ciclina y proteína-kinasa, que regulan el propio ciclo, a la síntesis de enzimas y otras proteínas necesarias para la estructuración y la actividad del creciente número de células. Este crecimiento, sin embargo, es completamente diverso del que se produce en el cultivo celular in vitro. En efecto, en el estadio de 2-8 células éstas quedan unidas entre sí mediante microvillis y puentes citoplasmásticos intercelulares que facilitan la transmisión de señales entre célula y célula, absolutamente necesaria para un acrecentamiento ordinario. Este contacto llega a ser altamente adhesivo en el estadio de 8-32 células, llamado de mórula que se caracteriza por dos procesos principales: la compactación y la polarización.

Durante la compactación, entre el tercer y el cuarto ciclo celular (el segundo y tercer día de la fecundación) -definida por H. Vogler como «la fase de la reorganización de las células individuales y de la recíproca interacción» [10] las células se adhieren entre ellas todavía más fuertemente, maximizando el área de contacto y formando complejos agrupamientos particulares [11] , llamados tight junctions y gap junctions, que favorecen un rápido transporte intercelular de iones y señales moleculares y el progreso del proceso normal de desarrollo, que podría, en cambio, resultar alterado por la ausencia de una sola proteína unitiva [12] .

Durante la polarización [13] en tomo al cuarto día desde la fecundación, se asiste a una redistribución de estructuras endocelulares como el núcleo, los mitocondrios, los microtúbulos, las grandes moléculas como la actina, la clatrina, la caderina (AT Pasa). En el cuarto ciclo de multiplicación celular ya se pueden reconocer claramente dos tipos de células: las polares, en las que se produce la redistribución, y las apolares. Estas asumen posiciones diferentes: en la periferia las primeras y en el centro las segundas, y reciben un destino diferente, las polares dan origen a la línea celular trofoblástica y las apolares a la línea celular embrioblástica, imprimiendo así al embrión una verdadera heterogeneidad morfológica.

Esta heterogeneidad llega a ser más evidente todavía en el quinto día después de la fecundación (sexto o séptimo ciclo celular) cuando aparece el blastocisto, formado por alrededor de 64-128 células. Por tanto, pueden distinguirse tres tipos de estratos celulares, histológicamente diferentes y con destinos diversos: el trofoblasto mural y el trofoblasto polar, derivados de la diferenciación de las células de la línea trofoblástica; el ectodermo primitivo y el endodermo, derivados, a su vez, de la diferenciación de la masa celular interna formada por la línea celular embrioblástica.

Hasta este período el desarrollo embrionario sucede dentro del revestimiento de fertilización, que origina el proceso de endurecimiento ( «hardening» ) de la zona pelúcida, revestimiento que protege el embrión en desarrollo y le impide que se adhiera alas paredes tubáricas. Las membranas celulares de las células del trofectoderma contienen una bomba de sodio potasio (Na+/K+-ATPasa) recubierta mediante el blastocele, que transporta iones de sodio dentro de la cavidad central. Esta acumulación de iones de sodio provoca el paso osmótico de agua, que se acumula en la cavidad blastocélica aumentando el volumen [14] . Cuando el embrión alcanza el útero, y antes del comienzo del proceso de implantación, el blastocisto emerge ( «hatching» ) del revestimiento de fertilización y puede adherirse libremente al epitelio endometrial uterino, generalmente en la parte superior de la pared posterior del útero.

Del blastocisto al disco embrionario

A pesar de que los blastocistos humanos pueden pasar in vitro a través de algunos de los primeros estadios típicos del desarrollo después de la implantación, llegando hasta la formación del sincitiotrofoblasto, pero sin el soporte endometrial, sin embargo, varios estudios experimentales sobre el desarrollo in vitro de los blastocistos de ratón, de conejo y humanos sugieren que en estas condiciones el crecimiento embrionario resulta anormal [15] . La implantación aparece, por tanto, como obligatoria para un ulterior desarrollo embrional normal.

Está ahora bien definido [16] que la implantación, que en la especie humana parece iniciarse nada más el embrión ha entrado en el útero, implica una serie de estímulos y respuestas integradas, es decir, un diálogo activo entre las células maternas y las células del blastocisto: hecho que supone, por consiguiente, un rol activo para ambos. La naturaleza y la integración de varios estímulos y respuestas, que exigen una sincronía precisa, son ahora objeto de estudio [17] . Pero antes recordaremos algunos datos relevantes.

El útero está preparado para la implantación por la acción de las hormonas esteroideas, producidas en el ovario durante su fase secretora precoz, que influye en la síntesis de proteínas esteroideo-sensibles. Entre éstas se encuentran: 1) enzimas, como las peptidasas, las glicosidasas y las estearasas, usadas en la digestión de la zona pelúcida y en la modificación del endometrio y del trofoblasto para facilitar la implantación; 2) proteínas encargadas de la protección del feto por la respuesta inmunitaria de la madre; y 3) otras proteínas que estimulan y/o regulan, directa o indirectamente el desarrollo embrionario, en particular el de la familia del factor de crecimiento epidérmico (EGF) y el factor inhibidor de la leucemia (LIF).

El embrión, por su parte, una vez implantado, rápidamente -o muy verosímilmente también antes- segrega la proteína b-1 específica de la gestación (sp1), la gonadotropina coriónica humana (b-hCG) y el 17-b-estradiol. Estas favorecen el mantenimiento del cuerpo amarillo y colaboran en el proceso, en tres estadios, de la adhesión del embrión al útero. En el primer estadio, el de aposición, los microvillis del epitelio uterino y del trofoblasto (que llegará a ser sincitiotrofoblasto) se interdigitan, mientras en la superficie del blastocisto se acumulan proteínas y glicoproteínas, entre las cuales se halla el receptor del factor de crecimiento epidérmico (EGFR) y la 1-b interlewkina (IL-1b ), que facilitan los otros dos pasos -esto es, la adhesión al útero y la penetración en el estroma endometrial a través del epitelio uterino-, estabilizando así definitivamente al embrión.

Simultáneamente a estos acontecimientos, en el período denominado «ventana de implantación», entre el sexto y el decimocuarto día de la concepción, el embrión prosigue extensamente los sucesivos pasos de la diferenciación. En torno a los ocho días de edad, en el blastocisto -que alcanza un diámetro de cerca de 0,1 mm- aparece la cavidad amniótica. Entre tanto, en el ectodermo primitivo, derivado de la masa celular interna, se forma un disco --el epiblasto- compuesto por células cilíndricas que, junto con el s útil estrato inferior de pequeñas células vesiculares del endodermo embrionario, configura una estructura bilaminar denominada disco embrionario. Al décimo día el amnios está ya diferenciado, el saco vitelínico primitivo está delimitado, y el trofoblasto polar con el mesodermo extraembrionario da origen al corion, del que se desarrollará la placenta. Entre el undécimo y el decimocuarto día, del citotrofoblasto que rodea al embrión se proyectan en el sincitiotrofoblasto pequeñas masas de tejido, donde éstas continuarán creciendo hasta formar las vellosidades coriónicas, mientras el disco embrionario alcanza los 0,15-0,20 m m de diámetro, rodeado por el corion. Finalmente, alrededor de 14 días después de la fertlización, en el extremo caudal del embrión, aparece un denso grupo de células, denominado estria primitiva, que marca la formación de un tercer estrato de células, el mesodermo.

Del disco embrionario al feto

El disco embrionario, una estructura altamente compleja compuesta por gran cantidad de células, representa un punto de llegada altamente significativo entre los estadios iniciales del desarrollo precoz del nuevo ser humano, y también un punto decisivo para su futuro desarrollo. En efecto, durante las tres semanas siguientes, en este disco embrionario -que forma un todo con las denominadas estructuras embrionales, amnios y corion en particular, sin las cuales no podría producirse un desarrollo posterior- se define el diseño general del cuerpo (body plan) y se inicia el modelado (patterning) de los diferentes órganos y tejidos, seguido por la histogénesis y por la organogénesis.

En la quinta semana de gestación, cuando la longitud del embrión es algo inferior a 1 cm, están ya presentes -aunque en estado primario- la estructura del cerebelo, del corazón y de algunos trazos pulmonares, gastro-entéricos y urinarios, y se inicia la diferenciación sexual; en la sexta semana los miembros en esbozo son claramente visibles, y en la séptima semana la forma del cuerpo es completa.

El control del proceso epigenético

Este análisis sumario del proceso de desarrollo a nivel morfológico sería suficiente para resolver la cuestión crucial acerca del punto exacto en el tiempo cuando un nuevo organismo humano individual inicia su propio ciclo vital. Sin embargo, recientemente, han emergido nuevos datos que consideran el control del proceso epigenético y que están en condiciones de dar mayor fuerza a la argumentación expuesta hasta ahora.

M. Barinaga, al presentar los resultados de una entrevista a eminentes biólogos del desarrollo, con ocasión del primer centenario del nacimiento de la embriología moderna, fundada por Wilhelm Roux en 1894, afirmaba que los investigadores «están llegando a los secretos de cómo una única célula de huevo fertilizada pasa por la compleja y magníficamente orquestada serie de cambios que crean un organismo entero» [18] . Entre los secretos que quedan todavía por desvelar en parte, recordamos los más decisivos: 1) ¿Cómo todos los procesos descubiertos hasta ahora, desde el cigoto hasta el disco embrionario y otros, pueden suceder con tal orden y regularidad en el espacio y en el tiempo? 2) ¿Qué conduce y regula la diferenciación celular, el establecimiento de las líneas celulares, la agregación ordenada de células y tejidos en órganos y en áreas bien definidas, de modo que se asegure armonía y unidad en la totalidad corpórea en crecimiento? 3) ¿Cómo puede la forma completa de un nuevo sujeto ser generada por una sola célula, el cigoto?

Todavía no es posible dar una respuesta exhaustiva a estas preguntas. Sin embargo, dos líneas principales de investigación llevadas sobre muchos modelos animales [19] -desde el pequeño nematodo Caenorhabditis elegans (constituido por sólo 959 células, de las cuales 302 son nerviosas), hasta insectos, anfibios, peces y mamíferos (incluidos los primates y el hombre) han suministrado datos que ofrecen algunas claves importantes para penetrar un poco más en la profundidad de estos secretos. La primera línea de investigación es el análisis de las modificaciones bioquímicas que se producen en la célula singular, en las diferentes líneas celulares y en varias regiones del cuerpo en fase de crecimiento, con atención particular a los estadios singulares de la organización de la forma definitiva. La segunda línea de investigación, ahora en rápida evolución, es el descubrimiento, mediante los métodos de la genética clásica y hoy, sobre todo, de la nueva genética, de los genes implicados en los muchos steps epigenéticos, desde el cigoto hasta la adquisición de la definitiva conformación somática.

Algunos resultados merecen ser recordados aquí. Se ha demostrado que el nuevo genoma, que se establece en el cigoto, asume el control de todo el proceso morfogenético desde los primerísimos estadios del desarrollo [20] . «La activación de los genes cigóticos es absolutamente esencial para la prosecución del desarrollo» [21] , aunque una notable cantidad de productos de transcripción (mRNA) y de traducción (proteína) de los genes de origen materno, acumulados durante el crecimiento y la maduración del oocito, son usados para sostener los primerísimos estadios del desarrollo, pero se van sustituyendo de modo muy rápido y gradual por los nuevos productos genéticos, derivados de la transcripción y traducción del nuevo genoma del embrión [22] . Como señala G.M. Kidder, «una importante consecuencia es que todas las fases de la morfogénesis (si no todas las divisiones iniciales) antes de la implantación dependen de la expresión de los genes propios del embrión» [23] . Esto se revela por la existencia de mutaciones letales, presentes en el genoma embrionario, que operan negativamente en el período del desarrollo preimplantatorio [24] , y por la sensibilidad de tres importantes pasajes morfogenéticos [25] a agentes que impiden la transcripción del DNA o la síntesis de las proteínas. Ya en 1976, W. Engel y W. Franke, resumiendo un gran número de observaciones sobre el desarrollo en el conejo, concluían que la activación del nuevo genoma «debe producirse desde el estadio de una célula, a fin de que el desarrollo pueda continuar hasta el estadio de ocho células» [26] .

P. Braude y sus colaboradores [27] han presentado la primera prueba de que una activación muy precoz del nuevo genoma sucede también en el embrión humano.

Utilizando 7 cigotos humanos y 26 embriones producidos in vitro, 6 en el estadio de dos células, 10 en el estadio de cuatro células y 10 en el estadio de ocho células, pudieron demostrar que, al menos en el pasaje de 4 a 8 células, el nuevo genoma aparece activo en el control de la producción de nuevas proteínas. Otros estudios con métodos más sensibles han demostrado recientemente que la activación de por lo menos una parte del genoma del nuevo embrión se inicia en el estadio del cigoto. M. Fiddler y sus colaboradores [28] , aplicando la nueva técnica de la reacción en cadena de la polimerasa con transcripción inversa (RTPCR), encontraron que el gen SRY --el primer gen en la cascada de la diferenciación gonádica está activo desde el estadio de una célula (cigoto) al de la blástula. Con la ayuda de técnicas y modelos de investigación más perfeccionados, nuevos datos en esta dirección se irán añadiendo a los que ya están en nuestro poder [29] . Todos sugieren que es precisamente el nuevo genoma, que se establece en la fecundación, la base y el constante soporte de la unidad estructural y funcional del embrión, que se desarrolla a lo largo de una trayectoria que mantiene siempre una dirección bien definida.

Ésta, que fue durante largo tiempo una mera intuición, se transforma en evidencia cuando se tiene finalmente conocimiento de los numerosos factores implicados en la persistente discrecionalidad del desarrollo embrionario, y se comprende mejor la extensa e inteligente actividad del genoma. En realidad, de todos estos conocimientos emerge también otra conclusión, que la regularización del proceso de desarrollo es el resultado de una actividad jerárquicamente ordenada de tres clases principales de genes: los genes llamados «posicionales» (coordinate genes), «selectores» (selector genes) y «realizadores» (realizator genes) [30] .

Los genes posicionales [31] , mediante la producción y la actividad de «proteínas morfogenéticas» y de otras moléculas de una acción similar (morfogénesis), establecen la exacta posición de células o grupos de células a lo largo de los ejes antero-posterior y dorso ventral del embrión, contribuyendo así a la definición del plano corpóreo general.

Los genes selectores [32] , regulan la secuencia de los procesos de diferenciación en el tiempo y en el espacio a lo largo de los ejes, que son determinados por la actividad de los genes posicionales: mediante la producción de factores de transcripción especifican en el plano corpóreo general las numerosas regiones donde se formarán los varios órganos y tejidos, operación indicada como modelada (patterning).

Los genes realizadores [33] , bajo la influencia de los genes selectores que activan e inhiben los productos o factores de transcripción, conducen a la estructura definitiva de cada órgano con sus distintos tejidos.

En conclusión, la tarea específica de tanta cantidad de genes reguladores es la de determinar la diferenciación de las células y la gradual estructuración de los diversos órganos a través de la acción de una enorme variedad de macromoléculas desde las que controlan la producción. Es fácil imaginar la complejidad de la interacción de estos genes, sea en el mismo nivel de organización, sea en niveles diferentes. Esta complejidad aumenta necesariamente con el progreso del desarrollo, y, por eso, implica otros muchos factores de regulación y mecanismos de autocontrol, especialmente a fin de facilitar las comunicaciones entre el ambiente extracelular y la célula, entre célula y célula, y entre el citoplasma y el núcleo que contiene la mayor parte de la información genética.

De hecho, continuamente se describen nuevas clases de genes [34] , que controlan la producción de moléculas importantes, como las moléculas de adhesión celular (CAM, cell adhesion molecules), las moléculas de adhesión al sus trato (SAM, substrate adhesion molecules), los receptores, y los «segundos mensajeros» o moléculas de señalización. Es suficiente, por ejemplo, que cambie uno de los cuatro genes del receptor del factor de crecimiento fibroblástico (FGFR) para que se manifiesten en el embrión graves malformaciones. Por recordar solamente una de éstas: una mutación en el gen receptor 3 (FGFR3) provoca la displasia tanatofórica [35] . Justamente, L. Wolpert ha hecho notar que «la clave verdadera para captar el desarrollo está en la biología celular, en los procesos de traducción de señales y de control de la expresión de los genes que llevan a modificaciones en el estadio, en los mecanismos y en el crecimiento de las células» [36] .

La inducción biológica

Hasta ahora se han descrito brevemente los primeros estadios del desarrollo del embrión humano, y se ha hecho una aproximación a su control genético. No se ha intentado ni verificar ni falsificar ninguna hipótesis particular. El objetivo era dar a conocer algunos aspectos esenciales del complejo proceso biológico que es el desarrollo de un ser humano. Este conocimiento es la premisa necesaria para la respuesta a las preguntas: 1) ¿Cuál es el estado de un embrión humano precoz? , y 2) ¿Cuándo comienza un ser humano su ciclo vital?

Para responder a estas preguntas no es necesario formular nuevas hipótesis, sino simplemente analizar nuestros datos inductivamente. Esto se puede hacer tomando en consideración las tres propiedades principales que caracterizan el completo proceso epigenético que, según C.H. Waddington, introductor del término epigénesis, podría ser descrito como «la emergencia continua de una forma de estadios precedentes» [37] .

La coordinación

La primera propiedad es la coordinación. El desarrollo embrional, desde el momento de la fusión de los gametos hasta el de la formación del disco embrional alrededor de los 14 días tras la singamia, y todavía más evidentemente después, es un proceso donde existe una secuencia e interacción coordinada de actividad molecular y celular, bajo el control del nuevo genoma, que es modulado por una cascada ininterrumpida de señales transmitidas de célula a célula y del ambiente externo y/o interno a las células singulares.

Precisamente esta innegable propiedad implica, y aún más, exige una rigurosa unidad del ser que está en constante desarrollo. Cuanto más progresa la investigación científica, más parece que el nuevo genoma garantiza esta unidad, donde un gran número de genes reguladores aseguran el tiempo exacto, el lugar preciso y la especificidad de los eventos morfogenéticos. J. Van Blerkom, concluyendo un análisis de la naturaleza del programa de desarrollo de los primeros estadios de los embriones de los mamíferos, subraya claramente esta propiedad: «Las pruebas disponibles sugieren que los eventos en el oocito en maduración y en el embrión precoz siguen una secuencia directa de un programa intrínseco. La evidente autonomía de este programa indica una interdependencia y coordinación a los niveles molecular y celular, que tiene como resultado la manifestación de una cascada de acontecimientos morfogenéticos» [38] .

Todo esto conduce a la conclusión de que el embrión humano -como cualquier otro embrión también en sus primeros estadios no es, como afirma N.M. Ford «tan sólo un amasijo de células», «cada una de las cuales es un individuo ontológicamente distinto» [39] , sino que el embrión completo es un individuo real, donde las células singulares están estrictamente integradas en un proceso mediante el cual traduce autónomamente, momento por momento, su propio espacio genético en su propio espacio organísmico.

La continuidad

La segunda propiedad es la continuidad. Parece innegable, sobre la base de los datos hasta ahora presentados, que en la singamia se inicia un nuevo ciclo vital. «La función última del espermatozoide es fundirse con la membrana plasmática del oocito. En el momento de la fusión [singamia] deja de ser un espermatozoide y aparece como parte de una célula formada de nuevo, el cigoto» [40] . El cigoto es el principio del nuevo organismo, que se encuentra precisamente al inicio de su ciclo vital. Si se considera el perfil dinámico de este ciclo en el tiempo, se observa claramente que procede sin interrupciones: el primer ciclo no termina en el disco embrionario, ni se inicia otro ciclo desde aquel punto en adelante. Un acontecimiento singular, como la multiplicación celular o la aparición de varios tejidos y órganos, puede aparecer discontinuo a nuestros ojos; sin embargo, cada uno de ellos es la prueba final, en un momento dado, de una sucesión ininterrumpida de hechos -podría decirse que infinitesimales- interconectados sin solución de continuidad.

Esta propiedad implica y establece la unicidad o singularidad del nuevo ser humano: desde la singamia en adelante, él es siempre el mismo individuo humano que se construye autónomamente según un plan rigurosamente definido, pasando por estadios que son cualitativamente siempre más complejos.

La gradualidad .

La tercera propiedad es la gradualidad. La forma final se alcanza gradualmente: se trata de una ley ontogénica, de una constante del proceso generativo. Esta ley del gradual construirse de la forma final a través de muchos estadios partiendo del cigoto implica y exige una regulación que debe ser intrínseca a cualquier embrión singular, y mantiene el desarrollo permanentemente orientado en la dirección de la forma final. Es precisamente a causa de esta ley epigenética intrínseca, que está inscrita en el genoma y comienza a actuar desde el momento de la fusión de los dos gametos, que cada embrión -y, por tanto, también el embrión humano- mantiene permanentemente la propia identidad, individualidad y unicidad, permaneciendo ininterrumpidamente el mismo idéntico individuo durante todo el proceso del desarrollo, desde la singamia en adelante, a pesar de la siempre creciente complejidad de su totalidad.

W.J. Gehring reconoce claramente esta ley, anticipando los futuros progresos de la genética del desarrollo: «Los organismos -escribe- se desarrollan según un preciso programa que especifica su plano corpóreo con un gran detalle y determina además la secuencia y la temporización de los eventos epigenéticos. Esta información está dibujada en la secuencia nucleótida del DNA [...]. El programa de desarrollo consiste en un determinado cuadro espacio-temporal de expresión de los genes estructurales que forman la base del desarrollo. El desarrollo normal exige la expresión coordinada de miles de estos genes en una modalidad concertada. Puesto que el control independiente de los genes estructurales singulares conduciría aun desarrollo caótico, podemos predecir que son genes de control que regulan la actividad coordinada de grupos de genes estructurales» [41] .

La respuesta

Es evidente que las tres propiedades recordadas, para una consideración apasionada, satisfacen perfectamente los criterios esenciales establecidos por una reflexión meta-biológica para la definición de un «individuo».

Por eso la inducción lógica de los datos que suministran las ciencias experimentales conduce a la única conclusión posible, esto es, que aparte de alteraciones fortuitas en la fusión de dos gametos un nuevo individuo humano real comienza su propia existencia, o ciclo vital, durante el cual -dadas todas las condiciones necesarias y suficientes- realizará autónomamente todas las potencialidades de las que está intrínsecamente dotado. El embrión, por tanto, desde el momento de la fusión de los gametos es un individuo humano real, no un individuo humano potencial.

Nosotros consideramos que la clara afirmación de la «Donum vitae», Instrucción sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1987, es científicamente correcta. En ella se expresa: «Por las recientes adquisiciones [de] la biología humana [...] se reconoce que en el cigoto derivado de la fecundación está ya constituida la identidad biológica de un nuevo individuo humano» [42] .

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